Bailan en la noche con
sus endemoniadas máscaras
hechas de cóncavas
noches alrededor del fuego y
de las risas de la
chicha –sagrado licor, ambrosía
de los fecundos dioses que
poblaron la tierra-.
Todo celebra la bacanal
de los cuerpos en fiesta:
Los niños bailan
disfrazados de esqueletos
y en filas renacen de
la loca cópula de la muerte.
Los adultos se visten
de húmedas hojas de plátano
y purifican sus almas
bajo la luz de la luna.
Las mujeres se untan su
secreta mezcla de rocíos amargos
(diarios
sudores fríos que saben a mango)
y un poco de tiempo sobre
sus apolíneos senos.
Los viejos insisten ser
niños.
Y todos cantan llorando
riendo danzantes
al ritmo del tambor haitiano
que añora su raza…
Ese tambor que convoca
serpientes, aves y lluvias,
provoca inundaciones y
nos avisa cuándo llegará
la muerte,
ese tambor de carnaval que
es el alma de mi pueblo…